11 de junio de 2010

ESCENAS DE SILLMAREM (Retorno a Sillmarem)





Retorno a Sillmarem


«DECIR NO, ES EL PRIMER PASO PARA RESISTIR LA INJUSTICIA».

STEPHAN SEBERG.
(LUCHANDO POR NUESTRA LIBERTAD)


Hacía frío en el exterior, una placida noche despejada. Las estrellas brillaban con intensidad y silencio, mucho silencio. Löthar Lakota sabía que debía permanecer quieto, muy quieto. La ubicación de aquella terra–esfera solo era conocida por tres personas: Noah Salek, tutor de Valdyn, Anastas Timónides Krátides, Rector de Thenak y Stephan
Seberg, Premier de los Sistemas Fronterizos y antiguo maestro de la Academia.
Las indicaciones de Salek respecto al diario personal de Anastas y sus antiguos mapas en el despacho de la Academia con las localizaciones de las antiguas terra–esferas de Thenae, habían sido todo un acierto. Desde las guerras de Septem contra Thenae, nadie las echaba de menos, ni siquie­ra imaginaban su existencia. Por supuesto, Stephan le había enseñado a su hija Sarah, probablemente en su niñez, aquella terra–esfera desconocida para todo el mundo.
Aquel lugar secreto era el más asequible para ella y el grupo de jóvenes cadetes para usar como lugar de refugio. Sarah había demostrado ser eficaz en la aplicación de su formación, y ese factor les había salvado la vida.
Löthar se lo jugaba todo a una carta. Un solo error y toda la misión se vendría abajo. Debía sacar a los cadetes del planeta lo antes posible, llevarlos junto a Valdyn a una nave nodriza y partir a los mundos de Sill como fuese. Después… ya se vería lo que se haría después. Para Löthar era curioso cómo el futuro de millones de seres humanos dependía de aquel grupo de críos.
Las alarmas deben haber saltado ya. Escuchó susurros en la oscuridad. Un cegador foco de luz le impactó en pleno rostro. Ni se inmutó. Llevaba lentillas de visión nocturna de espectro adaptable. Él también había sido bien instruido. Estaba de pie en uno de los salones principales. Sintió la aproximación de los cadetes, en si­lencio, sin mostrar su número y armamento. En una barandilla circular superior se apostaron fijando sus puntos de mira sobre él, de eso no le cabía la menor duda. Un ligero temblor y lo convertirían en un amasijo de carne humeante. Le observaban con minuciosidad, no harían nada… por el momento.
Debía hablar muy claro, despacio y con brevedad. Inspiró con profundidad comenzando a soltar tanto el aire como la intrusión de cualquier pensamiento en su mente. Sarah observó aquel acto de relajación, asintiendo para sí misma. La sorpresa de un principio vino acompañada del pánico, para después saborear el estupor, la esperanza y el instinto de vigilancia. Acción–reacción, pensó.
Todos los cadetes sostenían armas de largo y corto alcance, quietos, muy asustados pero firmes. Sarah observaba la solitaria figura de Löthar Lakota. Lo identificó al instante. Era tal y como Valdyn se lo había descrito. Los identificadores de ADN y retinales daban positivo. Era Löthar, de lo contrario no había marcha atrás. Si era un Androkaze o un Morfo todos morirían. No anticipes y observa, se dijo mentalmente Sarah.
Aquel hombre, aquel extraordinario guerrero permanecía quieto y sólido como una roca. Podía sentir cómo los cadetes y ella palpaban el aura de su autoridad. El uniforme de Comandante en jefe de los Xiphias de Sillmarem parecía una segunda piel llevado por él. Sarah no pudo por menos que admirar su esbelta figura, la firme belleza de sus rasgos, su entereza. En su pecho lucía la estrella de Sill al valor en defensa de su pueblo. En su pechera izquierda, el león dorado sobre fondo negro de los guerreros Shinday del pueblo Rebelis a la bravura. Incluso portaba las águilas de platino, la más alta distinción del Imperio, únicamente otorgada por el Imperator. Increíble, pensó Sarah. Este hombre porta en la pechera de su casaca las tres condecoraciones más anheladas de todas las potencias conocidas.
No obstante, sus maneras, pese a su porte sereno, emanaban dignidad, una humilde dignidad. Para sus adentros aquel hombre le gustaba. Por fin comprendió por qué Valdyn lo amaba tanto. La seguridad del grupo lo primero, se censuró Sarah. Por un instante se sintió celosa de él, ¿sabrá dónde está Valdyn? ¿Nos sacará de aquí? ¿Será el verdadero Löthar Lakota? ¿Qué harán con nosotros? Debe respetar mi autoridad o…
—Mi nombre es Löthar Anoyanakis Lakota, ángel custodio del Príncipe de Sillmarem y futuro Señor de los mundos de Sill —dijo Löthar haciendo una pequeña pausa—. En nombre de la Interfederación de Planetas Libres he sido encomendado a trasladaros fuera de este sector, a un lugar seguro.
—Estamos en un lugar seguro, Comandante —interrumpió Sarah sabiendo que aquello era relativamente cierto.
—Cierto, acertado lugar de refugio, pero tened por seguro que seremos encontrados en breve, los exterminadores se acercan y creedme, no tendrán piedad de nosotros.
—Lo sé… lo sabemos.
Por supuesto que lo saben, pensó Löthar.
—¿Quién nos garantiza…? —preguntó Sarah.
—Nadie en su sano juicio en las actuales circunstancias puede garantizaros nada. Nada salvo mi lealtad.
Juega fuerte, muy fuerte, se dijo Sarah, no puedo arriesgar la seguridad del grupo. Necesito una prueba, algo.
—Por desgracia no es suficiente —cortó Sarah.
Löthar se irritó ligeramente pero se cuidó mucho de permitir que fuese a mayores.
—Puede serlo si os dijera que Valdyn está vivo y que pronto podríais reuniros con él.
¿Eso sí sería de utilidad?
Maldito bastardo, pensó Sarah. ¿Cómo diablos sabe…?
No pudo evitar, como el resto de cadetes, la sorpresa y la excitación. La esperanzadora noticia de Valdyn y Nathan ¡vivos! Qué alegría volver a abrazarlos. Parecía haber pasado una eternidad.
—¡Demostradlo o morid!
La misma Sarah se sorprendió por lo violento de su reacción. Una silencio­sa repuesta brotó de la mano derecha de Löthar. De su mano extendida pendía un colgante con el anillo de Valdyn.
—No es suficiente.
—El regalo. Valdyn os regaló, la última tarde que pasó con vos, un colgante con un delfín y… un beso.
Sarah se ruborizó en la oscuridad. Las lágrimas amenazaron con surcar sus mejillas mientras el resto de cadetes no perdía detalle de aquella figura. La joven miró a Novak. Su holotabla detectora de mentiras daba negativo, decía la verdad. Su pulso, transpiración, movimiento de retina y tono de voz eran correctos.
—¿Con qué autoridad habláis? —preguntó Sarah.
—Con la conferida por Noah Salek, máximo Rector de Sill y de la Aca­demia de Thenak, aquí en el planeta Thenae.
Sarah asintió recordando que la Academia permanecía bajo la autoridad de Anastas, y a su vez, bajo la tutela de Noah Salek, Magister–Tutor de Valdyn en Sillmarem.
—Vuestra seguridad es ahora mi responsabilidad, mi Dama.
La voz de Löthar no admitía dudas.
—Por supuesto, seréis bien pagado por ello.
—Hay cosas que no se pueden pagar con dinero, mi Dama. Vos, una prin­cesa Rebelis, deberíais saberlo mejor que nadie —dijo Löthar—. Confiad o no confiéis, pero debéis tomar una decisión, el tiempo apremia. La vida nos va en ello, la vida y mucho más.
Sarah se encontraba dividida. Por un lado debía asegurar la integridad del grupo, por otro comprobar la autenticidad de aquel guerrero. Estaban en un cruce de caminos. Les habían localizado con extraordinaria rapidez, solo tres personas sabían la situación de la terra–esfera. Mi padre, Salek y Anastas. De ahí que lo sepa él, pensó Sarah. Claro, así ha sido, a través de los mapas de Anastas. Deben habernos buscado con desesperación, estamos en peligro extremo.
—Mi Dama, no puedo obligaros ni os obligaré, pero…
—¿Qué haréis si no accedemos?
—Quedadme junto a vos y el resto de cadetes. Vuestra seguridad es lo primero.
—¿Aunque en ello os vaya la vida?
Löthar inclinó la cabeza. Sarah hizo una señal a Troya, el foco se apagó y un círculo de suaves luces rodeó la estancia. Löthar contó los cadetes, están todos, gracias a los dioses.
Novak usó el código de silencio:
"Debemos hacer algo. No me gusta, pero no hay alternativa".
—Bien, estamos a vuestras órdenes, Comandante, hemos encontrado un transporte.
—Guiadme hasta él, ¡pronto!
Una triada de explosiones sacudió la estancia. Todos se tambalearon.
—Guiadme hasta el transporte, deprisa, ¡ya están aquí!
Los cadetes miraron a Sarah. Esta dudó por un segundo.
—Es nuestro Comandante ¿a qué esperáis? ¡Moveos!
Todos corrieron por un pasillo interior, estancando las puertas de seguridad. A sus espaldas Löthar acopló pequeños discos oscuros en los marcos y dinteles de las puertas. Cargas de precisión, pensó Sarah. Subieron un tramo de escaleras, ella guiaba al grupo mientras Löthar seguía cubriendo su fuga colocando todo tipo de artefactos, a cual más mortífero. Desembocaron dentro de un tubo ascensor circular de carga. Löthar se incorporó el último. Un suave siseo y la sensación de vertiginosa elevación arrugó sus estó­magos. Los ojos de Löthar parecían intentar penetrar a través de las paredes.
Los cadetes permanecían muy juntos, unos con otros. Ethne con la pequeña Sophy, Thoth con los gemelos, Han y Zore, Troya con Novak y Sarah mirando fijamente el indicador de planta. Las puertas se abrieron y bajaron por una inclinada plataforma de embarque. El transporte reposaba iluminado por los cuatro puntos cardinales. Löthar fue a decir algo pero Novak, anticipando sus dudas, comentó:
—Se halla en perfecto estado, su fuente de energía cargada y revisada al completo, hemos hecho algo más que escondernos en esta esfera subterránea, Comandante.
—Espero que tengas razón, de lo contrario, tendremos problemas.
—¿No los tenemos ya? —murmuró Novak.
Löthar lo ignoró, oteando el casco de la nave fugazmente. Sarah accionó con su teclado de pulsera la compuerta principal de la nave.
—Todos adentro, nos vamos —dijo Sarah.
—¿A dónde? —dijo Troya—. Se supone que tendremos que ir a algún sitio, digo yo.
—¿Y bien, Comandante? —preguntó Sarah mirando a Löthar.
—Veamos si este hermoso cacharro aún funciona.
Los cadetes se ajustaron los cinturones de seguridad. En la cabina de pilo­taje, Sarah, Novak y Löthar encendieron las tablas holográficas del instrumental de vuelo. La tierra tembló.
—¡Perdemos estabilidad, Comandante! —dijo Novak.
—Los exterminadores deben estar en el interior de la terra–esfera —añadió Sarah.
Un seco crujido rasgó el oscuro aire del hangar. La nave levitó un poco escorada a la derecha. Con un gesto, Löthar la estabilizó. A su derecha, un portón circular giró sobre sí mismo abriéndose. Un segundo portón se desplazó hacia la izquierda y un tercero hacia arriba.
Por fin pudieron divisar el fresco palpitar estrellado de la noche. La nave se deslizó con suavidad al principio, para después coger veloci­dad a casi el ras de las montañas. Novak tenía los ojos puestos en el tablero de detección.
—Cuatro cazas nos persiguen, Comandante.
—Era de esperar.
Sarah observó que estaba concentrado, pero no preocupado. De momento, la nave respondía.
—Debemos buscar el abrigo de las montañas —dijo Sarah.
—No por mucho tiempo, se acercan y rápido —dijo Novak.
Löthar elevó el pico de la nave, la hizo girar sobre sí misma y brus­camente cambió de dirección. Conectó su intercom:
—Aquí el Comandante Löthar Lakota, aquí el Comandante Löthar Lakota, ¡respondan! Código A–4–57–57–2BK. Repito, aquí el Comandante Löthar Lako­ta.
—Ekonyes al habla.
—Necesito cobertura de defensa aérea cerca del cuadrante 72, bordeando el río Marathon.
—Un momento, Comandante, su nave no está identificada.
—¡Maldita sea, Ekonyes, haz lo que te he dicho!
Hubo un instante de silencio.
—A la orden, Comandante.
Sarah y Novak cruzaron una mirada y, por un momento, un tenso silencio flotó en la cabina. La nave no dejaba de cambiar de dirección y altura sin inte­rrupción.
—Comandante, varios escuadrones de ataque se dirigen hacia nosotros —dijo Novak.
—Tratan de bloquearnos —susurró Sarah.
Löthar tecleó algo sobre la holopantalla. Un par de señuelos surcaron el cielo en direcciones opuestas. Sarah se asomó ligeramente al exterior de la cabina, los jóvenes cadetes permanecían en su sitio, cogidos de la mano unos con otros, estaba siendo una prueba muy dura para sus jóvenes cuerpos. Ethne la miró fugazmente, el miedo cubría sus pupilas.
—Tenemos que salir de esta —murmuró para sí.
Otro brusco giro la empujó contra su respaldo.
—Comandante, dos cruceros sin identificación nos cortarán el paso en un par de minutos —dijo Novak.
Löthar comenzó a tararear una canción de viaje de Sillmarem. Novak deglutió, un temblor espasmódico onduló por sus labios.
—Sarah, no tenemos escapatoria.
Por un momento, Sarah pensó que todo se acababa. La nave tembló. Una, dos, tres sacudidas, y una ráfaga de láser pasó de largo difuminándose en la distancia.
—¡Ya los tenemos encima, Comandante! —gritó Novak.
Löthar continuaba tarareando sin inmutarse. Una cadena de explosiones sacudió el cielo a su alrededor, esta vez con un armamento distinto.
—Es uno de los cruceros —gimió Sarah.
Löthar niveló la nave, descendiendo directamente hacia la pequeña abertura de un angosto valle nevado. Bruscamente trazó un tirabuzón en el aire, giró a un lado, a otro, arriba y abajo, girando sobre sí mismo endiabladamente, cambió de velocidad y de nivel. Estaba sacando el máximo partido a aquella vieja máquina. Los construían buenos, pensó Löthar.
—No sé qué es peor, que nos disparen, que nos matemos contra las montañas o que se deshaga la nave en pedazos —dijo Novak.
—Lo secundo —dijo Sarah.
—Hoy no es día para morir, joven cadete. No mientras yo esté al mando de esta nave.
Soltó una descarga a un pequeño picacho nevado. Una enorme muralla de nieve y rocas se cruzó a sus espaldas, arrastrando consigo todo a su paso. Fuertes explosiones retumbaron y un enorme estruendo vibró en las paredes rocosas.
—¡Tres fuera de combate! —dijo frenético, Novak.
La anchura de aquellas paredes rocosas parecía cerrarse aún más si cabía. Para una nave pequeña como la suya, se hacía harto difícil maniobrar. Para sus perseguidores, imposible. Parece que sabe lo que hace, pensó Sarah. Consultó el mapa de ruta. Se acercaban a los fiordos del norte, ¿por qué?
—Comandante, grupos concentrados de cazas se acercan por el norte a toda velocidad
—dijo Novak.
—Ekonyes, no me falles ahora —susurró Löthar.
Dos enormes olas de nieve brotaron por ambos lados de la nave mientras volaban a ras de superficie rumbo norte. Las explosiones se acercaban peligrosa­mente, el fuselaje tembló de nuevo.
—La pantalla de seguimiento está colapsada, Comandante. Hay cazas por todos lados, esto es un avispero —dijo Novak, desesperado.
—Perfecto —murmuró Löthar.
Un enjambre de naves zumbó en el cielo, tachonándolo con explosiones de diferente tamaño. Las ráfagas láser acribillaban la noche desde todos los ángulos posibles. Sarah pudo ver el símbolo de la Interfederación en una de ellas. Löthar siguió su camino, dejando atrás la jauría de naves–caza enemigas. Dos oscuras naves con la espiralada estrella de Sillmarem les escoltaban a sus espaldas mientras una violenta línea de descargas estallaba alrededor. A lo lejos pudieron divisar una enorme nave–nodriza.
Escuadrones de cazas de Sillmarem cubrieron su huida creando un anillo de protección. El Comandante de los Xiphias dejó de tararear.
—¡Aquí el Comandante Löthar Lakota! Pido permiso para embarcar con un cargamento de cachorros de primera calidad.
—¿Comandante Lakota?
—¡Ekonyes!
—Permiso concedido. Todo el planeta está siendo evacuado. Una delega­ción de cadetes, acompañada por la hija del Archiduque de Portierland, solicita nuestra protección.
—¿Rebecca? —preguntó Löthar.
—La misma, mi Señor, aunque no viene sola.
Löthar comenzó las maniobras de anclaje. A los cadetes la nave nodriza les pareció interminable.
—Después de comprobar las identificaciones pertinentes, me tomé la libertad de trasladarla a un estanco–compartimento de alta seguridad. Es ella, mi Señor, no me cabe la menor duda.
—Has obrado bien, zanjaremos este asunto más tarde, ahora volvemos a casa. Volvemos a Sillmarem.
Los anillos de sujeción magnética fijaron la nave de Löthar. Fueron traslada­dos al puente de mando mientras la nave nodriza saltaba al hiperespacio, rumbo a los mundos de Sill, al planeta Sillmarem. Rumbo a casa, pensó Löthar.




2 comentarios:

•◘○Anny Freak Wabe○◘• dijo...

Hey buena historia!!!!
espero el proximo capitulo
un abraso


nuevo campitulo, me interesa tu opinion
http://kiwicullen.blogspot.com/2010/06/cronicas-demoniacas-nemesis.html

Gabrielacus dijo...

Bienvenida a Sillmarem Anny. :)